Cuenta Miquel Barceló en una de esas estupendas introducciones que suele acompañar a los ejemplares de la colección NOVA, en este caso la correspondiente a “La radio de Darwin” de Greg Bear, que una de las principales diferencias entre la ciencia ficción literaria y el mismo género expresado a través de una pantalla de cine o televisión viene a residir en la profundidad con la que el autor puede desarrollar sus hipótesis en torno al conocido “Que pasaría si…“.
Todo esto frente a la reducción que plantea el reconocido crítico Gary K. Wolfe con respecto a obras cinematográficas. Esencialmente toman prestados elementos de ciencia ficción para desarrollar sus argumentos y según Wolfe han de verse concentrados en un concepto que se pueda expresar con dos palabras para asegurar su funcionamiento: “Hitler clonado“, “meteoro gigante“, “dinosaurios clonados“, “bicho espacial“.
De ahí brota gran parte de la frustración que sentimos muchos aficionados a la ciencia ficción cuando dejamos atrás la oscuridad de la sala de cine. Esa sala a la que habíamos entrado para disfrutar de una nueva película catalogada dentro de este género pero desgraciadamente todo lo que tenga que ver con ciencia ficción se reduce a un concepto sencillo como los anteriores.
La clase de estímulos que producen la lectura de una novela como “Diáspora” no se encuentran en ningún cine que yo conozca. Precisamente porque no se me ocurre de qué manera se podría reducir todo lo que narra Egan a conceptos sencillos y mucho menos expresados en dos palabras. Y buena prueba de ello es el pensamiento que acompaña a la lectura de las primeras páginas de este libro: “-afortunadamente- nunca harán una película con Diáspora“. Muy al contrario de lo que sucede con otras historias como “Snowcrash” de Neal Stephenson, que en mi modesta opinión tiene todos los ingredientes necesarios para repetir un éxito comercial como el de “Matrix” y sus secuelas.
Puede que ahí se encuentre la clave del disfrute -o no- de un libro como el presente: si el lector busca ideas y conceptos novedosos, a menudo sin conexión alguna con lo que ya conocemos y dejando espacio amplio para la reflexión -e incluso investigación- una vez que hayamos llegado a la última página, Diáspora probablemente haga vibrar sus neuronas en frecuencias muy agradables.
Habitualmente se critica el estilo de Greg Egan por lo difícil que resulta leer sus libros debido a la complejidad de los conceptos que maneja. Sinceramente no me parece justo que ese sea argumento para rechazar a un autor por el mismo motivo que tampoco me parecería justo que alguien decidiese no leer a Murakami porque escribe en japonés o porque Bradbury pasa olímpicamente de describir cualquier tecnología que usen sus personajes. Es cierto que “Diáspora” no es un libro fácil pero tampoco hace falta ser físico o matemático para entender lo que cuenta en sus páginas, basta con leer, pensar y si es necesario, releer.
El problema de Egan tiene más que ver con lo literario que con la dificultad de asimilar los conceptos que plantea. “Diáspora” puede resultar confuso principalmente por los enormes giros que contienen cada una de sus partes. Pretende contar demasiado en tan solo trescientas páginas y como resultado se obtiene una pasta que a ratos resulta muy poco consistente. En mi modesta opinión creo que le hubiesen venido muy bien unas setecientas u ochocientas páginas más y destinadas a ahondar más en ciertos aspectos del libro especialmente interesantes como la estructura y funcionamiento de las complejísimas sociedades que Egan presenta en este libro, la vida interna e incluso externa de todos o casi todos sus personajes y otros conceptos que el autor despacha en apenas unas páginas, dejando demasiadas interrogantes para el lector. Ese desarrollo tan plano de los personajes impide en gran medida desarrollar alguna clase de empatía por los mismos.
Yatima -”huérfano” en suajili- forma parte de una de las variedades de ser humano que existen al borde del año 3000 en la Tierra y sus inmediaciones, seres incorpóreos que habitan las llamadas “Polis”, entornos virtuales que sus ciudadanos moldean a voluntad con el fin de desentrañar los misterios de la ciencia, la vida o el arte con la tranquilidad que acompaña a la inmortalidad. Muchos de estos humanos son descendientes de aquellos que largo tiempo atrás se introdujeron en las Polis abandonando para siempre sus frágiles cuerpos físicos.
Los verdaderos descendientes en carne y hueso de esos antepasados ocupan el planeta Tierra en forma de minoría casi vestigial y acompañados de otras variedades de seres humanos corpóreos que han decidido modificar su fisiología en mayor o menor medida, llegando incluso al extremo de prescindir de su propia autoconsciencia en algunos casos, convirtiéndose voluntariamente en seres similares a otros primates inferiores. Y finalmente tenemos a los “gleisners”, un paso intermedio en forma de robots orgánicos que han adaptado sus cuerpos a las condiciones del espacio con el fin de expandirse a través del cosmos.
De vez en cuando y este es el caso de Yatima, el software que usan las polis para procrear y que habitualmente toma material “genético” de dos o más padres, decide crear a un huérfano que no tiene relación a nivel hereditario con ningún otro habitante de la polis. Y así empieza “Diáspora”, con veinte o treinta páginas que describen el proceso de generación de un huérfano dentro de una de esas polis, Konishi (Tierra) en el año 2975, la creación de su mente y la forma en la que aparecen conexiones que más tarde darán forma a una conciencia. El choque inicial es considerable y cuesta respirar tranquilo hasta que Egan decide dar voz a sus personajes y relaja un poco el desarrollo del libro con unos muy agradecidos diálogos entre el huérfano y varios habitantes de la polis que ilustran la toma de conciencia y la comprensión de si mismo de un ser humano creado digitalmente. En mi modesta opinión aquí se encuentra el punto de no retorno donde las páginas de “Diáspora” empiezan a pasar una detrás de otro sin descanso hasta el final.
" Blanca dijo:
-Bienvenido a Konishi, ciudadano Yatima. -Il se volvió hacia Inoshiro, quien repitió el desafío de Blanca para luego murmurar por lo bajo y taciturnamente-. Bienvenido, Yatima.
Gabriel dijo:
- Y bienvenido a la Coalición de Polis.
Yatima miró a los tres, desconcertado… sin prestar atención a las palabras ceremoniales, intentando comprender qué había cambiado en su interior. Veía a sus amigos, y a las estrellas, y a la multitud, y sentía su propio icono…pero a pesar de que esas ideas y percepciones ordinarias fluían sin problemas, un nuevo tipo de pregunta parecía girar a través del espacio negro que había detrás. ¿Quién piensa esto? ¿Quién ve estas estrellas, a estos ciudadanos? ¿Quién se interroga sobre sus pensamientos y sobre lo que ve?
Y la respuesta le llegó no en palabras, sino como el murmullo de respuesta de un símbolo entre miles que se alzó para reclamar a todos los demás. No para reflejar todos los pensamientos, sino para unirlos. Para mantenerlos unidos, como una piel.
¿Quien piensa esto?
Yo. "
—
Llegados a este punto cabría esperar que Egan desarrollase con calma este personaje tan curioso y que además tiene una facilidad poco aprovechada para generar empatía con el lector. Sin embargo, el autor prefiere saltar a la acción y justo cuando estamos empezando a asimilar la clase de personajes a la que nos vamos a enfrentar durante el resto del libro, empieza el frenético movimiento de acontecimientos que acompañará a Yatima y sus compañeros a lo largo del mismo.
Disparada por un inexplicable desastre natural, las Polis emprenden una diáspora clonándose a si mismas y todos sus habitantes para proyectar estas copias hacia las estrellas más cercanas a la Tierra en busca de respuestas que les puedan proporcionar otras civilizaciones más avanzadas que ellos mismos, caso de existir. A través de esta búsqueda, Yatima y sus compañeros darán con la misteriosa y elaborada pista dejada atrás por una no menos misteriosa civilización ultra avanzada a la que llaman “Los Transmutadores”.
En estas últimas partes del libro es donde más se echa de menos un poco más de calma por parte de Egan a la hora de dibujar más claramente a sus personajes mientras que éste se limita a describir las acciones que realizan y los conceptos en los que se basan, como la enorme investigación para crear agujeros de gusano transitables o el estupendo capítulo dedicado a la primera forma de vida encontrada por uno de los clones de las Polis, las alfombras de Wang, que presentan un concepto de seres vivos absolutamente fascinante incluso para una civilización tan avanzada como la de los incorpóreos.
Al igual que muchos otros conceptos que presenta Egan en el libro, las alfombras de Wang son una vía estupenda para invitar al lector a una profunda reflexión. Y eso, al final, es lo que encierra en su interior la buena ciencia ficción, algo que “Diáspora” contiene en buenas dosis aunque a veces resulte difícil de digerir o incluso masticar. En mi humilde opinión, este libro es de lo mejor que ha escrito el australiano Greg Egan, situándolo por encima de “Cuarentena”, “Teranesia”, “Axiomático”, “El instante Aleph” y con ciertas dudas también superaría, al menos en lo conceptual, a mi bienquerido “Ciudad Permutación”.