El demente leía una y otra vez la lineas de textos de los distindos temas del cannabis caffé .
Sabía que había sido condenado, pero la resurrección le había sido concedida, por un poder mayor que la zona.
Estal que pensaba que era un troll.
Pensamientos paranoides sembrados por aquel que puso su nombre en el espejo.
Pocos comprendían, al demente, al aborígen, instigados por ese abyecto y vil ser especular.
Sin embargo los más valiosos habitantes del caffé conocían al indio detras del aborigen y a la sombra tras los perros.
El karma se había extinguido.
La herramienta del odio había cesado.
Solo la gracia seguía su curso.
Algo inexplicable ocurrió

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