La Catástrofe, como nos dice Dupuy (2002), es una gran oportunidad de cambio, un
catalizador de los mismos, y una ocasión única para desmontar aquello que parecía intocable. Es
más, la necesidad de llegar a imaginar la Catástrofe, como algo real que pueda ocurrir, es la mejor
forma de poder evitar lo peor y lo irreversible....
El objetivo de este texto es no quedar atrapados por el Presente, pero tampoco por el miedo paralizante hacia el Futuro, sino poder imaginar y soñar otros futuros, otros mundos posibles, y qué es preciso hacer para poder llegar a ellos, generando al mismo tiempo ilusión. Con todo el optimismo de nuestra voluntad, pero sin ocultar para nada todo el pesimismo de nuestra razón
Es por eso por lo que es un deber inexcusable que creemos nuestros propios “Dioses”,
nuestras propias Story Tellings, es decir, nuestros nuevos relatos del mundo, pues el pensamiento
de la humanidad es fundamentalmente simbólico, y si no lo hacemos nosotros, otros lo harán,
apelando a las emociones. Y habrá que realizar todo ello a través de múltiples formas, desde
relatos escritos y educativos a nuevos mensajes musicales y artísticos (contraculturales, como en
los sesenta) para poder llegar a sectores amplios de población. Y lo debemos de hacer para
interpelar a las generaciones actuales ante la Catástrofe, para colocarlas ante el espejo de su
(nuestra) responsabilidad, para cambiar sus (nuestras) mentes y corazones, y para que tomen
(tomemos) el futuro en sus (nuestras) propias manos, con todas las enormes dificultades que ello
implica, transformando nuestro actual Yo competitivo en un nuevo Yo cooperativo. Pues sólo la
verdad es revolucionaria, y puede llegar a cambiar el curso de la Historia de forma liberadora.
Pero sobre todo lo debemos de hacer para la generación que ahora está entrando en el mundo, que
tendrá unos veinte años en 2030, que no estará ya intoxicada por la opulencia pasada.