Hola
Zulú, si coincidieron en el tiempo y el lugar, es muy raro que siendo Borges tan aficionado a la obra de Graves de quien comentó "admirable como poeta, como investigador de la poesía, como sensible y docto humanista, como novelista, como narrador y como mitólogo" no lo hubiera conocido
Especialmente habia seleccionado el libro de R. Graves Los Mitos Griegos, para una edicion de sus libros preferidos, junto a María Kodama. Borges se jactaba de ser mejor lector que escritor "Que otros se jacten de los libros que les ha sido dado escribir; yo me jacto de aquellos que me fue dado leer, dije alguna vez. No sési soy un buen escritor; creo ser un excelente lector o, en todo caso, un sensible y agradecido lector"
Tengo pendiente buscar la presentación que hace del libro de Graves, que no lo encuentro en casa, pero el prefacio de Graves es bastante sustancioso...
Desde que revisé Los mitos griegos en 1958 he vuelto a meditar acerca del dios borracho Dioniso, de los centauros con su reputa-ción contradictoria de prudencia y mala conducta y también sobre la naturaleza de la ambrosía y el néctar divinos. Estos temas están estrechamente relacionados, porque los centauros adoraban a Dioniso, cuyo salvaje banquete otoñal se llamaba «la Ambrosía». Ahora ya no creo que cuando sus Ménades recorrían airadas el campo despedazando a animales o niños (véase 27.f) y se jactaban después de haber hecho el viaje de ida y vuelta a la India (véase 27.c) se habían embriagado únicamente con vino o con cerveza de hiedra (véase 27.3). Las pruebas, resumidas en mi What Food the Centaurs Ate (Steps: Cassel and C° 1958, páginas 319-343), su-gieren que los Sátiros (miembros de tribus cuyo tótem era la ca-bra), los Centauros (miembros de tribus cuyo tótem era el caballo) y sus Ménades utilizaban esas bebidas para suavizar los tragos de una droga mucho más fuerte: a saber, un hongo crudo, amanita muscaria, que produce alucinaciones, desenfrenos insensatos, vi-sión profética, energía erótica y una notable fuerza muscular. Este éxtasis, que dura varias horas, da paso a una inercia completa, fe-nómeno que explicaría la fábula según la cual Licurgo, armado con sólo un aguijón, derrotó al ejército de Ménades y Sátiros bo-rrachos de Dioniso después de su regreso victorioso de la India (véase 27.e).
En un espejo etrusco aparece grabado el amanita muscaria a los pies de Ixión un héroe tesalio que comía ambrosía entre los dioses (véase 63.b). Varios mitos (véase 102, 126, etc.) concuerdan con mi teoría de que sus descendientes, los Centauros, comían ese hongo, y, según algunos historiadores, lo emplearon más tarde los nórdicos «frenéticos» para adquirir una fuerza temeraria en la ba-talla. Ahora creo que la «ambrosía» y el «néctar» eran hongos in-toxicantes; sin duda el amanita muscaria, pero quizá también otros, especialmente un hongo de estercolero pequeño y delgado llamado panaeolus papilionaceus, que produce alucinaciones in-nocuas y muy agradables. Un hongo bastante parecido a éste apa-rece en un jarrón ático entre los cascos del Centauro Neso. Los «dioses» para quienes en los mitos se reservaban la ambrosía y el néctar eran sin duda reinas y reyes sagrados de la era pre-clásica. El delito del rey Tántalo (véase 108.c) consistió en que violó el tabú al invitar a plebeyos a compartir su ambrosía.
Los reinados sagrados de mujeres y de hombres se extinguieron en Grecia; la ambrosía se convirtió entonces, según parece, en el elemento secreto de los Misterios eleusinos y órficos y de otros asociados con Dioniso. En todo caso, los participantes juraban guardar silencio acerca de lo que comían y bebían, tenían visiones inolvidables y se les prometía la inmortalidad. La «ambrosía» que se concedía a los vencedores en las carreras pedestres olímpicas, cuando la victoria ya no les confería la dignidad de rey sagrado, era claramente un sustituto: una mezcla de alimentos cuyas letras iniciales según demostré en What Food the Centaurs Ate, forma-ban la palabra griega que significa «hongo». Las recetas citadas por los autores clásicos para el néctar y el cecyon, la bebida con sabor a menta que tomó Deméter en Eleusis, también formaban la palabra «hongo».
Yo mismo he comido el hongo alucinante llamado psilocybe, una ambrosía divina utilizada por los indios masatecas de la pro-vincia de Oaxaca, en México; he oído a la sacerdotisa invocar a Tlaloc, el dios de los hongos, y he visto visiones transcendentales. Por este motivo convengo totalmente con R. Gordón Wasson, el descubridor americano de este rito antiguo, en que las ideas euro-peas acerca del cielo y el infierno pueden muy bien haberse deri-vado de misterios análogos. Tlaloc fue engendrado por el rayo; también lo fue Dioniso (véase 14.c); y en el folklore griego, como en el masateca, también lo son todos los hongos, llamados prover-bialmente «alimento de los dioses» en ambos idiomas. Tlaloc lle-vaba una corona de serpientes, y Dioniso también (véase 27.a). Tlaloc tenía un refugio bajo el agua, y también lo tenía Dioniso (véase 27.c). La costumbre salvaje de las Ménades de arrancar las cabezas de sus víctimas (véase 27.f y 28.d) podría referirse alegó-ricamente al desgarramiento de la cabeza del hongo sagrado, pues en México jamás se come el tallo. Leemos que Perseo, un rey sa-grado de Argos, se convirtió al culto de Dioniso (véase 27.j) y dio a Micenas ese nombre por un hongo que encontró en aquel lugar y que al arrancarlo descubrió una corriente de agua (véase 73.r). El emblema de Tlaloc era un sapo igual que el de Argos; y de la boca del sapo de Tlaloc en el fresco de Tempentitla brota una co-rriente de agua. ¿Pero en qué época estuvieron en contacto las culturas europea y de la América Central?
Estas teorías exigen una mayor investigación y por lo tanto no he incluido mis hallazgos en el texto de la presente edición. La ayuda de cualquier experto en la solución del problema sería muy apreciada.
R. G.
Deyá, Mallorca, España
1960
Un abrazo

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Muy bueno!
