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Fábula de la babosa que quería ser caracol.

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  • Fábula de la babosa que quería ser caracol.

    Juana era una babosa en condiciones porque hacía todo lo que se esperaba de ellas: comía y comía las tiernas hojitas verdes dejando su rastro de babosa por cualquier sitio por donde pasaba. Su vida discurría tranquila de plantita en plantita, paseando por la húmeda tierra, haciendo agujeritos en el suelo para construirse su casita. La verdad que era una babosa hecha y derecha, de la colita a la cabeza.

    Pero Juana tenía una espinita clavada en su corazoncito de babosa porque tenía un deseo oculto que jamás había contado, un sueño inalcanzable: Juana deseaba ser un caracol.

    Por las noches, antes de dormir, soñaba que trepaba por los tallitos con su casita acuestas. En sus sueños ella tenía una casita muy limpita, muy bien empañada de babas para mantenerla bien lubricada.

    Por supuesto nadie sabía que Juana quería ser un caracol ya que eso suponía perder el respeto que hacia ella sentía el resto de las babosas y sería víctima, seguro, de un gran vacío social. Estaba muy mal visto andar con caracoles, hablar con ellos, comer en la misma hoja que ellos, y más todavía querer ser uno de ellos.

    Un día, cuando regresaba a su casita después de un largo camino por unas plantas demasiado amargas para su gusto debido a los numerosos tricomas que contenía, descubrió algo que cambiaría su vida para siempre. Entre una hoja seca y una flor caída, escondido, había un pequeño bulto redondo, de colores ocres, parecido a una piedra de río... pero no, sin duda, a medida que se acercaba, ya sabía de qué se trataba: era una casita de caracol abandonada

    Jamás había visto casa tan bonita. Se acercó para mirarla de cerca más detenidamente. Su forma redondeada, los tonos de los colores incluso el olor de aquella casa era maravilloso. Tenía un pequeño agujero y algunas grietas, sin duda el motivo de haberla dejado allí abandonada. Y aunque estaba sucia a Juana no le importaba, seguía pensando que era la casa más encantadora que había visto jamás.

    Casi sin dudarlo se fue corriendo a casa a coger sus herramientas para arreglar la que ahora sería su nueva casa. Toda la noche, sin dormir, la pasó entrando y saliendo, lubricando, tapando grietas, arreglando la fontanería, decorándola y, en fin, poniendo a punto su nuevo hogar. Poco antes de amanecer se encontraba en perfectas condiciones. Limpia y preciosa dispuesta a ser habitada.

    Se apresuró a introducirse en ella para viajar y avisar a todas sus familiares y amigas. Despacito, con su casita a cuestas, orgullosa de ella, de su trabajo, de su nueva situación, firme, segura, convencida pero sobre todo, feliz, se encontró con el resto de babosas.

    Cuando la vieron la sorpresa fue mayúscula. Se rieron de ella (con lo bonita que estaba...) la insultaron y la amenazaron. Las babosas pueden ser muy crueles. Las babosillas pequeñas se burlaban, todos se reían. Los desprecios eran cada vez mayores y Juana comenzó un silencioso y triste llanto.

    Juana se sintió dolida. Muy dolida. Toda la ilusión que había sentido se había desvanecido en segundos. Su tristeza era infinita. Y salió de su preciosa casita. Miró como se reían de ella y sintió odio hacia aquellas babosas. Un odio atroz que se convirtió en un fuerte y caluroso orgullo. Con la cabeza bien alta tomó una firme decisión:

    Jamás, jamás, jamás nadie volvería a decirle como ir o como no ir. No estaba bien reirse de los demás porque cada uno puede hacer, pensar y ser como quiera. Y ella quería tener su casa y tendría su casa. Le costara lo que le costara conseguiría ser feliz como sólo ella podía ser feliz. ¿Qué más da que el resto de babosas pensaran distinto? Lo importante es la fuerza que tengamos y lo mucho que creamos en nosotros mismos. Y para ello sólo hace falta una cosa: tener coraje para intentarlo.

    Un beso para los que salen del armario.
    Fara.

Trabajando...
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